Pongámonos un instante en el lugar de la sociedad de hace un siglo. ¿Cómo eran los empleados de aquel entonces? Estábamos en una sociedad
con enormes carencias formativas y, en consecuencia,
un alto nivel de analfabetismo. Las personas se ponían a trabajar tan pronto como tenían oportunidad de hacerlo, y esto sucedía a los 8, 10, 12 años en muchos casos. Con personal tan pobremente cualificado, l
a labor de los jefes era enseñarles a hacer las cosas y controlar que las hicieran conforme a lo aprendido. Funcionaban bien los métodos propuestos por Taylor, basados en observar a aquellos trabajadores que mejor hacían cierta tarea y enseñarles a los demás la técnica que utilizaban (descomponiéndola incluso por movimientos), todo lo cual
redundaba en una mejora del desempeño del empleado, un aumento de su productividad y una mejora general de la competitividad de la empresa. Pero no solo eso;
los empleados se sentían motivados y agradecidos hacia quien les ayudaba a prosperar profesionalmente, y todo esto explica los buenos resultados que ese modo de gestión de las personas tuvo en aquel momento y en la prosperidad que, como sociedad, se alcanzó en la primera mitad del siglo pasado.