DIRECCIÓN BASADA EN LA AMENAZA
Cuando las cosas vienen mal dadas en las empresas, les toca a los directivos demostrar todos sus conocimientos y habilidades, especialmente las que tienen que ver con la hipermencionada “inteligencia emocional”. Decir lo que hay que hacer en estos casos es muy controvertido, pero sí parece más fácil decir lo que NO hay que hacer: ni se debe perder la calma ni mucho menos, demostrar pánico.Lo que voy a contar es un caso real vivido en primera persona, aunque omitiré dar datos más precisos. Este alto cargo tenía una manera muy propia de reconducir las situaciones críticas: meter miedo a la red de ventas y amenazar con despidos. Si estas amenazas venían en momentos tan complicados como los actuales, en los que la gente tiene un pánico atroz a perder su puesto de trabajo, las consecuencias de tales palabras solían tener el efecto que dicho directivo buscaba. Generalmente había un repunte de los resultados al poco tiempo de las amenazas.
Lo que pasa es que, como en el cuento del lobo, si uno repite una tras otra la misma acción la gente comienza a insensibilizarse ante la amenaza y cada vez se notan peores resultados tras ella. Hasta que llega un momento en el que ya prácticamente no hace efecto.
Sigamos con el caso; hasta ahora las emociones de los vendedores habían ido cambiando desde el miedo al despido hasta la más absoluta insensibilidad. El directivo, erre que erre, no encontraba -o no sabía- otro modo de movilizar al personal para corregir la situación, por lo que nuevamente volvía a acudir a palabras fuera de tono. ¿Y qué vino después de la insensibilidad? El cabreo. A nadie le gusta que permanentemente le estén amenazando, pero es que además se daba una circunstancia que empeora la situación: la bronca era general, independientemente de si uno tenía resultados buenos, mediocres o malos. Si la amenaza constante es muy desagradable, imaginaros qué pasa cuándo quien la recibe es una persona que no da razones para ello.
Total, que como si fuera un péndulo cambiando de extremo a extremo, la gente pasó de tener miedo, a no sentir nada, a estar cabreada (¡¡échame ya de una puñetera vez!! ¡¡págame lo que corresponda y déjame en paz!!, etc, etc.)
No me quiero extender mucho más, entre otras cosas porque seguro que ya todos adivináis el final. El directivo tomó la decisión equivocada, aquella que tiene un corto recorrido. Uno puede motivar durante largo tiempo cambiando el elemento motivador para que éste no pierda efecto -eso sí-, pero lo que no se puede hacer por mucho tiempo es amenazar. Llega un día en el que la amenaza deja de hacer efecto y se puede volver en contra del verdugo. El directivo calculó mal el tiempo y pensó que, con dos o tres veces que tuviera que acudir a esas prácticas, ya situación ya estaría reconducida. Como no fue así… ¿adivináis quién ya no está en la compañía? ¡¡Bingo!!
Siempre he pensado que en las empresas se confunden ambos términos con demasiada frecuencia, y que hay personas que se tienen por más importantes que otras. Lo malo no es solo eso, sino que actúen como tal, es decir, que en su día a día vayan dando muestras de arrogancia y prepotencia frente a sus subordinados. Ahí empiezan las rencillas y los conflictos en las relacionas laborales que luego derivan en odios y problemas de índole mayor.
Siguiendo con la argumentación de
Tranquilos todos, estoy hablando en sentido figurado. Mi tema de hoy guarda relación con los eslóganes publicitarios y como hacer que calen en el cliente.
Al final de la conferencia del día 16, cuyas conclusiones vengo comentando estos días, presenté un ejemplo para ilustrar toda la disertación. Ahora voy a volver a trasladaros ese mensaje.
Los que ya me conocéis sabéis que me gusta acudir a metáforas para ilustrar mis disertaciones. Antes de continuar recopilando conclusiones de la conferencia del jueves, quiero aportar una nueva analogía que sirva para reforzar el concepto explicado en el comentario de
Cuando el capitán de un barco descubre con pavor que su nave está encallada en la arena, la desesperación y el bloqueo mental provocan en muchas ocasiones que no se vea capaz de solucionar el problema. Una cosa juega a su favor: la marea sube y baja cada seis horas. En este estado de pesimismo y desesperanza, la solución más cómoda es cruzarse de brazos y dejar que sea la marea la que reflote el barco y lo devuelva a alta mar. No se equivoca: ¡¡eso será lo que sucederá!!
Les anticipo que mi intención NO es hablar de política, a pesar de que la fuente de inspiración para este comentario fue la ¿sorprendente? frase de nuestro presidente en Oslo y su descubrimiento de la importancia que la formación tiene en el progreso de un país. En un primer momento hablaré en términos macroeconómicos y posteriormente trasladaré mi reflexión al interior de la empresa.
Una de las frases más cansinas que escuché a largo de mi trayectoria profesional era aquella de… “hay que adaptarse al cambio”. Por repetitiva, uno queda inmunizado ante ella y ya prácticamente no le afecta: “¿Qué cambio? ¿El mismo que ya me constaste el trimestre pasado? ¿Cuándo va a venir ese cambio del que hablamos reunión tras reunión? Ufff, que cantinela más soporífera”
En nuestro caminar por la vida de vez en cuando nos cruzamos con gente interesante que nos aporta consejos muy válidos y nos hace evolucionar en nuestro pensamiento. Es lo que me ocurrió en el día de hoy, y el consejo que recibí –por valioso- lo quiero compartir con vosotros, primero, y reflexionar sobre él, después.
Llevo unos cuantos días hablando de experiencias pasadas y como dicen que no hay dos sin tres, hoy contaré un sucedido que tiene que ver con PyMES y RR.HH.
En estas vacaciones, tiempo de asueto y reflexión, me dio un buen día por repasar mentalmente uno por uno todos los jefes que tuve a lo largo de mi trayectoria profesional. Hablo de jefes inmediatos, aquellos a los que yo tenía que rendirle cuentas. Al llegar a uno de ellos, saltó en mi mente (cual latigazo en el culo) la siguiente expresión: ¡¡el peor jefe que tuve nunca!! Me detuve un rato en él y traté de encontrar una explicación para esa mala imagen que me había quedado. Tardé un buen rato en encontrarla.
Hoy quiero traer a esta página una experiencia pasada por si a algún lector le puede ser útil para sacar alguna lectura positiva.
¿Cuál es la mayor diferencia entre un adulto y un bebé? El tamaño. Nada más que eso. No les diferencia, por ejemplo, que para poder vivir ambos (adultos y niños) necesitan tener los mismos órganos vitales.
Acabo de escuchar una entrevista a un colega de profesión y voy a disertar sobre un comentario vertido por el entrevistador en ese coloquio. Hablando de la necesidad de corregir los objetivos cuando la mayoría de la red comercial no consigue alcanzarlos, el moderador insistía en la importancia de revisar los tiempos de trabajo de los vendedores para evitar pérdidas de tiempo (?) en desplazamientos, comidas, etc., algo que según él suma varias horas al día y es tiempo que, al fin y al cabo, quitamos a la presencia delante del cliente.
Hoy quiero repasar algunos conceptos de la dirección de empresa que son bastante obvios pero que por dejadez o por descuido olvidamos al poco de haberlos aprendido. Para mi disertación usaré la comparación entre un peregrino y un empresario.









