JEFES y BICICLETAS

Recién acabadas las vacaciones estaba buscando la mejor manera de crear un primer artículo que suponga una suave transición entre el ocio y el negocio, por aquello que no entrar de sopetón en temas de empresa y facilitar una vuelta al trabajo lo más progresiva posible. Vamos a ver que tal sale esta mezcla entre ocio (bicicletas) y negocio (jefes).

Aprovechando que todavía tengo en mente ciertas imágenes del estilo de vida centroeuropeo, quiero reflexionar sobre una cuestión que es una verdadera preocupación en muchas compañías: la integración e implicación de todos los empleados en el proyecto empresarial. Voy a comenzar hablando de bicicletas, el vehículo por excelencia que usan miles de personas en Holanda, Suiza, Dinamarca, Alemania… para ir al trabajo. Lo primero que se nos viene a la mente al ver la estampa de cientos de ciclistas por las calles de las grandes ciudades tiene que ver con la humanización de las urbes (menos contaminación, menos ruido, espacios mejor distribuidos…) y con la salud de los usuarios (ejercicio, vida al aire libre…) ¡¡Qué envidia!!  Estamos a años luz de ellos.

Lo que yo me preguntaba viendo “in situ” este estilo de vida era lo siguiente: ¿esta manera de desplazarse podrían tener alguna repercusión en las empresas? Automáticamente establecí una comparación entre mi primer trabajo en una oficina del pueblo y cómo hubiera sido aquel si en lugar de usar el coche en los desplazamientos, ¡¡todos!! (incluyendo a jefes) lo hubiéramos hecho en bicicleta. He de decir que por aquel entonces yo me desplazaba en un Peugeot 205 comprado para el caso mientras que los directivos disponían de sus pertinentes coches de empresa: desde un BMW 320 hasta un Volvo 740.

Había dos cosas que me rondaban por la cabeza cuando era joven; la primera tenía que ver con el estatus. ¡¡Qué bonito era ser jefe!! En consonancia con la responsabilidad te asignan un vehículo de alta gama. Ahora me pregunto: ¿cuántos de los dirigentes actuales emprendieron en su momento una carrera alocada hacia las cúpulas empresariales cegados por las prebendas asociadas al estatus? ¿cuántos “cadáveres” dejaron por el camino con tal de alcanzar esos sueños? ¿eran los candidatos más competentes para el desempeño o simplemente eran los que mejores habilidades “políticas” demostraron para alcanzar la meta?

La segunda cuestión que me rondaba por la cabeza era la barrera psicológica que se establece con este elemento. He de decir que a mí, en mi pequeño 205, me impactaba ver llegar a un directivo en su flamante Volvo 740. Parecía como si, por el simple hecho de poseer un vehículo de alta gama, ya se le asociara un nivel de autoridad “extra”. El problema está en que estas barreras que establecemos (que son psicológicas, insisto) no se quedan ceñidas a una cuestión de imagen sino que acaban teniendo repercusión en el ámbito de las relaciones laborales, especialmente cuando se trata de trabajar en equipo. Aquella persona que se conduce por la empresa con tanta “autoridad” está “coaccionando subliminalmente” a sus subordinados. ¿Cómo llevarle la contraria? ¿Cómo cuestionar sus decisiones? Y, en definitiva, ¿es esto bueno para un trabajo en equipo eficiente?

Antes hable de los beneficios de las bicicletas desde el punto de vista de la humanización de las ciudades y de la salud de los usuarios. Para las empresas, la ventaja de este medio de transporte viene de la mano de la IGUALDAD entre estamentos. Que un jefe y un subordinado se desplacen del mismo modo, que compartan aparcamiento y estilo de vida, que anclen sus bicis unas a otras, que no establezcan esas “barreras psicológicas” del estilo de… “yo soy el que manda y por eso tengo un vehículo netamente superior al tuyo” es un elemento crucial para la integración y la implicación de todo el personal en un proyecto empresarial. Se traslada al empleado una imagen mucho más “normal”, se eliminan ciertos elementos perversos de estatus y, en definitiva, se valora a las personas por lo que aportan al proyecto y no por la responsabilidad que manifiestan externamente. Se eliminan parte de esas guerras internas entre colegas por tratar de ser jefe para fardar ante su familia y amigos de coche de empresa y estatus, y se traslada una imagen de más normalidad a los equipos de trabajo (ya no pesa tanto la autoridad manifestada a través del poderoso vehículo de renting).

En fin; esta reflexión tiene difícil aplicación práctica en sociedades como la nuestra, donde no podemos cambiar de un día para otro todo un estilo de vida al que nos hemos acostumbrado. Mi intención es hacer pensar sobre si estas barreras que establecemos entre los distintos estamentos (“yo soy el jefe y por ello me corresponde un vehículo superior al tuyo, porque tú eres un simple empleado a mi servicio”) son culpables de muchos de los males que podemos parecer en las compañías: rencillas, abusos de poder, dificultades para trabajar en equipo, falta de integración e implicación… No diré yo que no haya que remunerar a las personas en función de su responsabilidad (¡¡desde luego que sí!!) pero mi duda es sobre la manera de hacerlo. Si usamos elementos que ayuden a diferenciar a personas que deben trabajar en una misma organización, quizá con el tiempo recojamos el fruto de una cosecha “podrida”.

Un abrazo a todos y feliz reencuentro con el día a día

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